La educación emocional cobra cada vez más importancia en nuestras aulas. Formar personas, no solo a nivel profesional, sino también a nivel humano debe ser la prioridad de todo el sistema educativo. En este artículo hago una breve reflexión acerca de el tema.

A lo largo del siglo XX, la idea de una inteligencia única, psicométrica y asociada únicamente a factores cognitivos se va sustituyendo por concepciones más amplias de la inteligencia que tienen en cuenta otros aspectos más allá de los puramente racionales, como los factores emocionales (Pérez y Castejón, 2007). En este sentido, dos de las teorías que más han contribuido a presentar una concepción amplia de la inteligencia, han sido la teoría triárquica de la inteligencia de Robert Sternberg (1985) y, especialmente, la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (1983). Así es como surge, en los años 90, el concepto de inteligencia emocional, definida en un primer momento como un tipo de inteligencia social que incluye la habilidad de supervisar y entender las emociones propias y las de los demás, discriminar entre ellas y usar la información (afectiva) para guiar el pensamiento y las acciones de uno mismo (Salovey y Mayer, 1990).

educación emocional imagen

Si durante muchos años los centros educativos se habían centrado de manera excesiva en el conocimiento cognitivo y no tanto en el desarrollo emocional de los alumnos (Bach y Darder, 2002) y las áreas académicas habían hecho descuidar las necesidades socio-emocionales de los estudiantes (Bisquerra, 2011), crece en la actualidad el consenso sobre el hecho de que las competencias sociales y emocionales deberían constituir un aspecto básico en la preparación de los individuos para la sociedad del conocimiento (Hawkey, 2006).

Cognición y emoción en la educación emocional.

Dado que cognición y emoción constituyen un binomio indisoluble que nos lleva a concebir que no hay razón sin emoción (Mora, 2013), los centros educativos no se pueden inhibir de educar las emociones puesto que la educación emocional es un eje fundamental de la tarea educativa y tiene repercusiones positivas en el bienestar de los alumnos y profesores, en el clima de convivencia de los centros e incluso en el rendimiento académico de los alumnos. En este sentido, numerosas investigaciones han demostrado que los niños que presentan mejores niveles de inteligencia emocional aprenden más y mejor, obtienen mejores resultados académicos, presentan menos problemas de conducta, se sienten mejor consigo mismos, resisten mejor la presión de sus amigos, son menos violentos y más empáticos, se desenvuelven mejor a la hora de resolver conflictos y, finalmente, son más felices y saludables (Agnoli, Mancini, Pozzoli, Baldano, Russo y Sorcinelli, 2012; Billings, Downey, Lomas, Lloyd y Stough, 2014; Brackett, Rivers y Salovey, 2011; Durlak, Weissberg, Dymnicki, Taylor y Schellinger, 2011; Jiménez y López-Zafra, 2011; Mavroveli y Sánchez-Ruiz 2011;; Rivers, Brackett, Reyes, Elbertson, y Salovey, 2013; Ruiz-Aranda, Castillo, Salguero, Cabello, Fernández-Berrocal y Balluerka, 2012)

Por tanto, la educación emocional es un complemento indispensable del desarrollo cognitivo y una herramienta fundamental de prevención ya que muchos de los problemas que padecen las personas de cualquier edad tienen su origen en el ámbito emocional (Informe Delors, Unesco 1996). Se entiende por educación emocional el proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo emocional como complemento indispensable del desarrollo cognitivo, constituyendo ambos los elementos esenciales del desarrollo de la personalidad integral. Para ello se propone el desarrollo de conocimientos y habilidades sobre las emociones con objeto de capacitar al individuo para afrontar mejor los retos que se plantean en la vida cotidiana. Todo ello tiene como finalidad aumentar el bienestar personal y social” (Bisquerra, 2000)

El desarrollo integral de la persona ha de ser la prioridad.

Teniendo en cuenta lo anterior, mi propuesta de educación emocional para la escuela tiene como objetivo básico el desarrollo integral de la persona, es decir, se propone formar personas, no solo con capacidad para reconocer, expresar y regular las emociones, sino también con valores y criterios claros de actuación, que se muestren seguras, confiadas y que sean, tanto responsables de sus actos como capaces de relacionarse de manera adecuada con otras personas y con el entorno. Esto conlleva que, si pretendemos alcanzar el desarrollo integral del alumno, una propuesta de educación emocional solvente debe implica, tanto a la comunidad educativa –niños, profesores, familias- como al resto de agentes del entorno relacionados con esa comunidad.

Por último, pero no menos importante, mi propuesta de educación emocional presenta una visión positiva de todas las emociones. Esta idea parte de la evidencia encontrada en numerosas investigaciones que nos recuerdan la importancia evolutiva de todas las emociones, especialmente las emociones básicas –miedo, amor, tristeza, alegría, asco, ira-. En este sentido, tanto las emociones más “agradables” –alegría, amor- como las más “desagradables” -miedo, tristeza, asco, ira- han contribuido de manera sustancial a la supervivencia de la especie humana. Por tanto, las emociones pueden ser agradables o desagradables en una situación determinada pero nunca han de vivirse como algo malo, secundario e instintivo que sea necesario prohibir o reprimir. Al contrario, una educación emocional eficaz debe llevar al niño a manejar estrategias que le permitan sentir, disfrutar y compartir de manera profunda su extraordinaria riqueza emocional.

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Y hasta aquí llega el artículo de hoy, espero que te haya resultado ameno e ilustrado de alguna manera. Si tienes algún comentario, duda o sugerencia, no dudes en dejarla más abajo, prometo contestar a todo. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y te dejo con más artículos de el blog de Doctor Viso dedicado a la innovación educativa, los procesos de aprendizaje y la inteligencia emocional.

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